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La semilla de guayaba

  • hace 16 horas
  • 1 min de lectura

¡Qué calor! Es la frase que hoy he escuchado varias veces, en la calle, en la radio, de mis labios. ¡Qué calor! Lo decimos como si no fuera así todas las transiciones entre abril y mayo. Este año el calor incluso tardó en llegar; tuvimos unas lluvias inusuales la primera quincena de abril, pero hoy que termina el mes y mayo hace su entrada triunfal con el acostumbrado día de asueto que conmemora el Día del Trabajo, no son raros los treinta grados Celsius que estamos viviendo por la tarde.


Estoy tomando un café americano bien caliente y cargado. Cuando era más joven no entendía cómo las personas en Veracruz tomaban café caliente para quitarse el calor; me resultaba un mal chiste sin sentido.


Hoy que peino canas, el café de la tarde es un placer de vida; sí, así es su impacto en mi día. Porque tomar un café en la tarde no implica solo la taza llena de la bebida amarga, sino también el tiempo para beberla con calma, poder desmenuzar pensamientos e ideas y, mejor aún, desmenuzar sentimientos y emociones para transformarlos en ideas y pensamientos.


Es como ir a terapia, esa sanación que surge de la introspección, del diálogo interno, que bien hecho, desenreda lo que está anudado tanto en la garganta como en la mente. Muchas veces ambos nudos se desbaratan al mismo tiempo, y cuando esto pasa, se siente ese alivio comparable a cuando por fin puedes sacarte esa semilla de guayaba atorada entre los dientes.

 
 
 

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