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Estela, mi Estrella

  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

En el tarot, el arcano de La Estrella simboliza, desde su aspecto positivo o luz, la esperanza, la renovación y la alineación espiritual. Tiene mucho que ver con la entrega, la vulnerabilidad, la calma y la sanación; también con una conexión ancestral y espiritual que guía, una fe ciega en que el universo proveerá tanto de lo material como de una mente despejada, lista para crear desde la paz.


Cuando La Estrella se va hacia su sombra, la luz se nubla y se convierte en un refugio rígido, provocando desilusión, pesimismo, una idealización que aleja de la realidad y una intelectualización de todo lo que puede desconectar del cuerpo y de la tierra.


Ese es el análisis de un arquetipo, pero para mí La Estrella es mi mamá. Para empezar, ella se llamaba en este plano Estela, que viene del latín stella, que justo significa "estrella" o "astro luminoso". Históricamente, las estrellas eran la guía de los navegantes para no perderse en el mar, por lo que su nombre también carga con el significado de "la que conduce", "la que guía" o "la que señala el rumbo seguro".


Y me parece toda una maravilla que me tocara una mamá Estela, porque eso fue para mí: la guía en la vida y la guía hacia lo espiritual. Mi mamá fue muy religiosa, pero su espiritualidad iba más allá de los ritos, y me lamento de no haberlo notado antes. Ella murió el 5 de abril, en Domingo de Resurrección; a pesar de lo difícil y doloroso que es el tránsito hacia la muerte, mi mamá lo vivió desde el desapego, tanto de las cosas materiales como hacia la propia vida.


Desde su lado luminoso Estela, mi Estrella, fue guía, refugio, camino, luz, sanación, calor tibio, apapacho y alegría... No pasaba desapercibida. Tenía amigos y amigas por todos lados, la recibían con cariño y con honores; ayudó a muchas personas, fue muy amada. Ella brillaba.


Desde su lado de sombra Estela, mi Estrella, fue rígida, dura, seca, crítica, a veces incluso hiriente y muy pegada al "deber ser" que exigía para ella y para los demás. Solía también entristecerse si los demás no notaban su brillo; Estela, mi Estrella, podía meterse en bucles mentales que la llevaban al borde de la desesperación, podía incluso ver enemigos donde no había, sentirse sola cuando no lo estaba y hacer tormentas en un vaso de agua.


Muchas veces yo pensaba que ella invocaba a la muerte, pero ahora creo que más bien no le temía... Tal vez ya le temía más a la vida, esa vida donde cada vez sentía que brillaba menos. Y no hay nada más triste que una estrella que va dejando de brillar, una estrella que muere y se transforma en polvo estelar.


Ella partió y, en lugar de desesperación, dejó calma. La tristeza por su ausencia, más que una tormenta, es como un lago oscuro en el que navego día a día, buscando en mis recuerdos esa luz que me guiaba y que me guía.


Hoy, La Estrella es mi amuleto porque es mi Estela: la que me cuidó, la que me sanó, la que me rescató, la que me iluminó. Y aunque fue también su sombra, prefiero quedarme solo con la luz de su recuerdo, la brillantez de su sabiduría y el calor de su cobijo.



























Ilustración de Paulina González Gordillo

 
 
 

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